Cuando el 25 de mayo de 2004 el Arsenal conquistó la Premier League en White Hart Lane -la casa de su máximo rival- y, días después, completó la hazaña terminando la temporada invicto para convertirse en ‘The Invincibles’, absolutamente nadie podía imaginar lo que ocurriría en los años siguientes.
El descalabro no fue inmediato, pero sí progresivo. La final de Champions League perdida ante el FC Barcelona fue apenas el primer empujón. Después llegaron el cambio de estadio y las inevitables restricciones financieras. Más tarde, las salidas de Henry, Cesc o Robin van Persie. Y cuando las heridas se acumulan, tarde o temprano acabas cayendo. Porque las caídas, en el fútbol -como en la vida- nunca te avisan cuándo terminan. O si realmente terminan.
El peso de aquella hazaña empezó a sentirse cada vez más. El club dejó de levantar títulos, incluso los considerados menores. Entre 2005 y 2014, prácticamente la nada. El fútbol seguía siendo atractivo. Las condiciones, no tanto. Y en el camino, la competitividad se fue desvaneciendo poco a poco.
Qué difícil es resumirlo. Ocho años ya parecen una eternidad. Demasiados días, demasiadas noches, demasiados partidos y demasiadas decepciones. Ahora imaginad lo que significan 22. Cada temporada cargada de ilusión, de expectativas, de esa necesidad irracional de creer. Y, con ellas, las inevitables desilusiones, los golpes de realidad, los malos momentos. Se dice rápido, pero vivirlo es otra cosa.
21 años, 11 meses y 24 días.
263 meses y 24 días.
1.147 semanas.
8.029 días.
192.696 horas.
11.561.760 minutos.
693.705.600 segundos.
Personas que nacieron, crecieron y llegaron a la adultez sin ver al Arsenal campeón. Gente que se quedó en el camino sin volver a ver a su equipo levantar el título. Jugadores que soñaron con convertirse en leyenda y acabaron marchándose por la puerta de atrás. Otros que, simplemente, nunca encontraron la compañía adecuada para lograrlo. Hubo resultados humillantes, actuaciones indignas de la historia del club y una afición que, golpe tras golpe, terminó anestesiada por tantos años de decepción.
La llegada de Arteta fue una bocanada de aire fresco. Sus métodos, su discurso y, sobre todo, la sensación de que el Arsenal por fin soltaba el freno de mano para construir unas bases sólidas sobre las que volver a crecer, oxigenaron por completo el ambiente. El club olía a cerrado. A viejo. A oxidado. Entonces se abrió la ventana y comenzó la reconstrucción. La distancia con la élite era enorme y el trabajo, inagotable. El crecimiento, también.
Porque detrás de cada golpe que este bendito deporte le dio al equipo y al club, el Arsenal encontró, de la mano de Mikel Arteta, una lección. Cada revés se convirtió en un escalón para seguir subiendo, y no en una piedra con la que volver a tropezar. El objetivo estaba claro. También lo que necesitaba el equipo para alcanzarlo. Aunque, claro, esto es fútbol. Y la suerte siempre juega su parte.
Cada entrenamiento, cada declaración, cada fichaje, cada salida y cada evolución del equipo tuvieron siempre un único objetivo: el título. Un trofeo que el Arsenal convirtió casi en un altar simbólico. Oscuro, silencioso, siempre presente. Uno que solo se iluminaría el día en que, por fin, consiguieran aquello que tanto tiempo llevaban persiguiendo. Y sí, tras cada derrota o empate, tras cada celebración ajena, jugadores y cuerpo técnico tenían que pasar delante de él, asumir el golpe y tragarse el orgullo para convertirlo en combustible.
Incluso el modelo de juego mutó por el camino: de uno vistoso y dominante, a otro quizá menos estético, pero absolutamente dominante. Arteta, obsesivo hasta el último detalle, entendió desde el principio que cada milímetro, cada pequeño margen, podía marcar la diferencia. Sobre todo cuando enfrente estaba el monstruo definitivo de la regularidad: Pep Guardiola y el Manchester City.
Y entonces la vida, y el fútbol, le regalaron a Arteta el momento perfecto para demostrar que tenía razón: un gol a la salida de un córner para decidir el último partido antes del título. Justo ahí, en uno de esos detalles mínimos que tanto obsesionan a los campeones.
La temporada 2025/26 terminó con una victoria por 2-1 ante Crystal Palace, como visitante. El Arsenal cerró la campaña con 85 puntos, tras sumar 26 triunfos, 7 empates y apenas 5 derrotas. El máximo goleador del equipo fue Viktor Gyökeres, autor de 14 tantos.
Un plantel construido a imagen y semejanza de Mikel Arteta: competitivo, obsesivo y preparado para sufrir. Desde la seguridad de David Raya bajo palos, pasando por una defensa feroz liderada por William Saliba y Gabriel, el equilibrio de Declan Rice y Martín Ødegaard en el centro del campo, hasta el talento diferencial de Bukayo Saka arriba. A ellos se sumaron piezas clave como Kai Havertz, Leandro Trossard, Martin Zubimendi, Viktor Gyökeres o Jurriën Timber, formando un equipo profundo, físico y mentalmente preparado para soportar la presión de perseguir un sueño durante toda una temporada.
“It’s not done”, dijo Declan Rice luego de perder ante el Manchester City, cuando el mundo parecía acabar.
Ahora sí, Declan. Now it’s done.
Veintidós años después, el Arsenal FC vuelve a ser campeón de la Premier League.
🗓️ (24/05/2026)